Una cultura de servicios favorable para la infancia requiere la colaboración de educadores, diseñadores, fabricantes de mobiliario y expertos en materiales. Esto evita concesiones excesivas a las lógicas del mercado, que han llevado en ocasiones a soluciones inadecuadas, como muebles en miniatura, referencias a mundos de fantasía infantilizados o equipamiento más propio de una feria de atracciones. Un espacio infantil no tiene por qué ser necesariamente «infantilizado».
Una guardería, como espacio de vida, debe proporcionar experiencias coherentes y saludables para los niños, sin limitarse a representar una caricatura del mundo mágico de la infancia. Para un niño, la magia está en lo cotidiano: un objeto que desaparece, una luz que se enciende y apaga, su propia sombra o reflejo en un espejo, una pelota que rueda en distintas direcciones, hojas que crujen bajo sus pies. Los niños pequeños, en su día a día, no necesitan más magia que la realidad cotidiana que están experimentando. Por esta razón, necesitan mobiliario que sea bello, funcional, seguro y adaptado tanto a los niños como a los adultos que los acompañan.